“Los bebés no existen”, con esta frase Donald W. Winnicott escandaliza a sus colegas psicoanalistas ingleses; con ella, pretende
señalar que para que los bebés cobren verdadera existencia
hay que considerarlos en relación directa con los cuidados
maternos que los mantienen con vida y no como entes aislados.
Para él, la madre es, en los primeros intercambios con su hijo, la
responsable de abrir entre ella misma y el bebé un territorio en
el que el niño vivirá una experiencia inédita: empezar a ser...
Se trata de un territorio que lo inscribe en la cultura, para un
diálogo consigo mismo y con los demás. Allí, la madre se hace vehículo
de ciertas pautas culturales ya establecidas. Pero los cuidados
maternos también consolidan la suficiente confianza como
para que el niño conmueva dicho bagaje ya constituido con
sus iniciativas personales. Puede no fomentar en su hijo un sometimiento
dócil a lo establecido ni una actitud antisocial. La
función materna ofrece al bebé un punto de partida para explorar
al mundo y tomar contacto con los objetos que lo rodean, entramándolos
en diversas experiencias personales que favorecen
su riqueza psíquica.
Para él, fallas en esa función materna derivan en diversas
formas de sufrimiento psíquico. Como lo explica en Winnicott para Principiantes, la psicoterapia debe ayudar a recuperar
ese impulso íntimo que torna a la vida algo digno de ser vivido;
asocia, además, ese impulso a una capacidad creativa que cada
individuo posee pero que, por diversas causas, no ha tenido
oportunidad de experimentar.
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